la @mansaguman

siempre quise tener una columna de crítica de golosinas. poner en jaque su dulzor, la grasa, la calidad de los ingredientes, pero a pesar de que llevo más de 15 años insistiendo en la temática, a nadie le parece interesar. esta semana publicó la mansaguman (que somos todas) mi primera colaboración. (sé que estoy publicando poco en el blog, y no es que lo olvide sino que hay varios proyectos escritos (pero paralelos) que están usando parte de mis debilitadas neuronas en la práctica). hablé de los archivos del cardenal, una serie que hicieron el año pasado en chile y que me cepillé adicta por youtube con 24 hrs. de retraso semana a semana. bueno, la dejo aquí (pinchando la imagen de arriba podéis ver la línea editorial del proyecto que es militante, necesario y no-mixto):

Mirada tecno-sexual de “Los archivos del cardenal”

Por @luciaegana

Vi “Los Archivos del cardenal” por Youtube. Vi 12 episodios divididos cada uno en 4 partes, con lo cual terminé viendo 48 trozos de la serie en calidad deficiente, con interrupciones tan abundantes que quizás pudieron ser unas dos por minuto y sola. Recuerdo como la gente se ponía de acuerdo en las redes sociales para ver la serie, en su casa tomando vino, mientras yo me moría de envidia. Yo cada semana veía un episodio, sola, en la pantalla de mi computador portátil, a veces a pantalla completa, y otras en una fracción de ella, entre un chat, un documento, una imagen. Tengo que decirlo como advertencia: nací el año 79 y no soy de las detractoras de esta producción (creo que es bueno que exista, al menos para discutir). Eso no quiere decir que me lo haya tragado todo sin filtro.
Hay muchos análisis que se pueden hacer de esta serie. Para mí es importante ver cómo a partir de una narrativa mitológica y heroizante (de la izquierda pero sobre todo de la iglesia católica tan venida a menos hoy por hoy, y que se queda tan limpita a través de la figura de la Vicaría de la Solidaridad), existen unas representaciones de las mujeres secundarias y accidentales que dejan bastante que desear.

Es cierto que apenas comencé a ver la serie sufrí un proceso de adicción que fue imposible de controlar. Creo que después me cepillé las cuatro temporadas de “Los 80” por pura nostalgia de “Los archivos del cardenal”. Sin lograr saciar esa carencia, esa necesidad pornográfica que de alguna forma me generaba “Los archivos…”. Pornográfica en su estetización erótica de la tortura, tan rítmica, tan aséptica, con un sentimiento desplazado por la pura brillantez de la imagen televisiva, de esos rostros entre publicitarios y telenovelescos, de esos torturadores que parecieran sufrir por no obedecer a diosito y de unas texturas que no dejaban permear lo representado porque había una capa tan gruesa de maquillaje y unos planos que pasaban tan veloces que era difícil eludir la materialidad de la imagen (sin contar las lágrimas que como si fueran otra capa también cooperaban al enturbiamiento de lo que veía). Es un problema el de representar el horror, siendo honesta creo que no se puede, y digo esto porque no sé cómo podría hacerse, no tengo la solución.

Pero lo que no cuesta nada representar es el carácter superfluo de las mujeres. Como es un clásico en la televisión, así como en la moral de izquierda, las mujeres parecieran ser siempre esa sombra suave y tierna que acompaña al héroe, al protagonista, al que es realmente revolucionario porque ella pareciera no llegar a conseguir el puntaje necesario para entrar a las grandes ligas de la revolución. Por lo tanto esto quizás más que una crítica a la televisión (que por más obvia, sigue siendo necesaria) es una crítica a la moral de izquierda, el lugar donde nací y crecí (un lugar que también amo), pero que así como el feminismo no puede dejar de hacer, es necesario criticar y cuestionar desde dentro. Al menos si somos feministas y de izquierda (vaya espacio de complejidad política).

Como es habitual, el espacio privado está totalmente escindido de la acción política real. En la casa y en la cama se restituyen las heridas, pero no se escribe la historia. Sería interesante una recuperación de todo lo que pasaba en esos lugares, me gustaría realmente saber. Por lo pronto y tal como sale en “Los archivos del cardenal” (capítulo 11) las mujeres eran trofeos de guerra o droga legal para emborracharse y olvidar los desagradables actos políticos que algunos revolucionarios tenían que perpetrar. La mujer (propiedad) del revolucionario, sin calentura más que para vaciarle la cabeza de sus penas y preocupaciones a un mirista en una casa de seguridad, “lavando los trapos sucios”, “prestada” por su esposo para estas labores políticas a su escala se reducía tristemente a participar de la revolución sin ser nunca su protagonista.

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(una pregunta ¿ustedes creen que debería, a lo bell hooks y como acostumbro a hacer en el blog, por razones totalmente ideológicas, escribir todo con minúsculas?)

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