prostitución, porno, o la invasión de la superficie

que te follen con una cámara es prácticamente lo mismo a que te follen con una polla. que te follen con una polla de carne o una de plástico sería igual o equivalente, así como en un plano expandido lo mismo que una cámara. que fuera una webcam o una cámara de la más alta definición sólo cambiaría el resultado de la foto. al final un polvo en un colchón de viscolátex puede ser más cómodo que sobre un cartón, pero eso no tendría que ver con la intensidad o la calidad del polvo: la foto sería de mala calidad pero no por eso peor.
que te follen a cambio de dinero convierte la práctica sexual en un trabajo cualquiera, sujeto a las regulaciones propias del mercado, de la oferta y la demanda, y sujeto también a factores más subjetivos, incesantemente abstractos o enrevesados. el dinero fluye, como el sexo, como el polvo, como las imágenes en la red. el dinero, esa cáscara gris e inerte que a veces guardo fraccionado en mi bolsillo, virtualizado en mis cuentas del banco, como promesa en algunos actos. y se dice “hacer gimnasia bancaria” y sólo se trata de clic’s y firmas, no hay sudor en lo especulado, no hay interés, no hay carne ni horizonte, sólo tierra yerma (o algo mucho peor), no hay nada cuando se habla de dinero sólo mi tristeza emergente, mis ansias de renunciar. por eso vuelvo al porno, y a su análisis indirecto, unas derivas oblicuas, unos paseos nocturnos, un desespero carnal y un énfasis político y radical.
el 50% de los cuerpos del porno son particularmente bellos, fuera de la pantalla, sin la ayuda de la alta definición, de la luz que borra los granos, del photoshop, el ángulo resultón. digo bellos en el sentido más convencional y poca cosa que puede existir, son normalmente bellos.
el otro 50% son los cuerpos que se dejan exponer, aquellos cuerpos que contienen la variabilidad de todas las cosas, los que no se caracterizan más que por un arsenal de particularidades innatas o adquiridas: pelos, marcas, cicatrices, asimetrías. este cuerpo, particularmente bello o no, se vuelve objeto de atención en razón de su disposición expositiva: un cuerpo que se deja ver. en realidad ambos 50% lo son, sólo que en el caso del segundo es precisamente aquello lo que los hace estar frente a la cámara. a veces las particularidades innatas o adquiridas se convierten en foco de atención, pero es porno (o fotografía artística, según) y siempre quedarán residuos del marco cultural dominante, extendido como una enorme manta sobre la imagen final.
coño abierto, expuesto, y venga a ser follado por ella, la cámara.
cuando mi cuerpo está frente a una, desnudo y aparentemente estéril, lo dejo abandonado a su suerte (a la suerte de su imagen), lo dejo estar en un gesto entre ritual y meditativo, vacío, solo, como la carcaza que es. mis intenciones en estos momentos son ninguna, apenas ceder sus pliegues y su posible interés visual a quien paga o ruega acceder a la imagen que son mis casi 70 kilos de carne inmensamente blanda. este marshmallow que soy aposentado frente al lente, propio del segundo 50%, se extraña aún ante la perversión maquínica de la cámara, su capacidad para alterar la imagen, para coger el plano exacto, ese donde la imperfección se esconde en lo obsceno, ese donde el cuerpo parece homogéneo y más blanco que nunca, y no se ven los años, ni las marcas, ni los accidentes. una imagen boba, raquítica, sin poder de impacto. una imagen desaliñada, acicalada apenas por el triste condimento de lo normal.
pero la cámara no es perfecta, a veces la creo hermana de mi cuerpo, presentan, como miembros de la misma familia, las fisuras de lo inexacto. dejan ver el drama de lo irrepresentado, dejan ver sus particularidades y allí, su obscenidad. primer nivel de filtramiento corporal: la máquina (y su fracaso). segundo nivel de filtramiento corporal: el esclavo del aparato.
entonces la edición, la selección de lo inmaculado, de lo liso y lo llano, el recorte del plano. el esclavo obedece, acciona el retoque digital. se alínea con la cámara y la ideología, siempre en la retaguardia, esperando liquidar los últimos rasgos de fealdad, lo último que queda, “déjenmelo a mí” dice orgulloso.
voluntad de homogénesis, su pulsión. el esclavo de la representación cree que ha hecho un buen trabajo al convertir mi cuerpo en uno más de los miles, millones, trillones de cuerpos que asisten, con velocidad de 10 megas por segundo, a la pantalla que los convoca. mi cuerpo (su imagen) ya no es contrabando de lo desviado, ha entrado a la escena travestido y operante, repetitivo e insistente todos sostienen que esa imagen tiene orgullo, o algo que se le parece. la foto queda archivada. los gygabytes hinchados, en mi bolsillo un poco de dinero y mi carne más fría que nunca.

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