los desastres de la abundancia

he dejado esperar un poco a que decantara el sentimiento. pero se me pasó la mano. comencé a escribir este post hace más de dos semanas y su aparcamiento comenzó a bloquear los siguientes…
démoslo por zanjado a continuación. (falta vincular los vídeos que no están todavía)
volví con más de 10 mecheros distribuidos en un equipaje pesado y denso equivalente a la mitad del peso de mi cuerpo. pero ¿cuánto pesan los cuerpos cuando se les compara con su mismo peso en basura?
roskilde se llama el festival que los nórdicos utilizan de carnaval. el carnaval es un momento en el que la gente se disfraza, baila, se emborracha y en algunos lugares de europa, espera a que le caigan caramelos de un carro alegórico. este festival parece aludir a esa sensación de que el mundo se detiene mientras todo es posible y absurdo. roskilde entonces parece un carnaval, aunque la mayor parte del año sea una pequeña ciudad con casi 50.000 habitantes y el código postal número 4.000. un carnaval donde el promedio etáreo son 24 años y las cosas son temporales y efímeras. una empresa de cerveza lo esponsoriza todo y el paisaje se repleta de gente bebiéndola y productos de camping que resultan, paradojalmente, más desechables que las mismas latas vacías de cerveza.
basurama son mis amigas desde el 2005. 8 años es bastante para la proporción de nuestras vidas. todavía. no sé si estaré autorizada para referirme a este colectivo de la forma que más fácil me resulta, porque el amor se resuelve como una plataforma discursiva extenuante y poco calificada por el entorno oficial como modelo analítico de algo. o sólo por decir que gracias por el cariño y los cuidados a alberto, manu, rubén, moni y jacobo. decir que son profesionales sería poca cosa tras lo anterior, pero también lo son.
total que tras un extenuante mes de profesías burócratas me voy de festival con los basurama (ex-basuromo), que no sólo son un amor sino también la elegancia, la catapulta, la creatividad, el buen gusto, la alegría y una whirlpool. y nada mejor que irse al culo del mundo (que aunque esté en el norte está igual al borde del fin).
en el festival la violencia del desecho radical, que sería la práctica de convertir en residuo algo prácticamente nuevo y utilizable (incluso antes de que aparezca la obsolescencia programada, incluso antes!). me impactó. durante un par de días me venían ganas de que vivieran un par de meses en la pobreza, especialmente al verles reventar latas llenas de cerveza con un palo para provocar un levísima explosión de gas, y sonreír, flojito. luego un recolector la recogía, terminaba de vaciarla y ya seca la cambiaba por una corona danesa (0,13414 euros; 0,17751 dólares; 91,313 pesos chilenos). me parecían carísimas las latas. me parecían gruesísimos los tenedores desechables que a pesar de ser compostables se iban al contenedor, me parecía todo demasiado bueno y en mucha cantidad. me parecía extremadamente evidente la descompensación de recursos que el mundo ostenta, me incomodaba más estar en el “centro”.
pero las cosas son ambivalentes y al mismo tiempo lo pasé increíble, bailé como una cerda, estuvimos juntas y vimos muchos conciertos fantásticos. pensaba que moriría sin ver a dead can dance en directo (con mi ignorancia musical mediante, no sabía que se habían rejuntado), y en el de kraftwerk tuve mi primera experiencia emergente de cruising que se extendió desde la canción “trans-europe express” hasta el mero final del concierto. sólo meterse mano, las gafas 3d no dejaban ver nada, o casi, o eso quería pensar yo…
por otra parte con la basura (que no era basura o era basura instantánea) la gente se iba apañando, como jugando a la pobreza o a la precariedad. probablemente esto era parte del carácter carnavalesco. de invertir lo de arriba con lo de abajo. desarrollar infraestructuras condenadas a la caída.
luego el festival se acaba. la tierra huele a fermento, la gente manifiesta una especie de resaca endémica, comienzan a abandonar el espacio. las cosas van más lento.


el paisaje se vuelve obsceno. si habían 120.000 personas y era mucho, quedan más de un millón de cosas y parece inabarcable.
creo que creí (es redundante porque es énfasis de un supuesto propulsado por el drama) empatizar por primera vez con la sensación de violencia experimentada por andrea dworkin y catherine mackinnon ante la pornografía mainstream en los años 70. no es que las haya entendido, no, pero empaticé con la sensación de violencia, así o algo así me sentía yo frente a esas toneladas de basura útil, me refiero a la viva y a la inerte. deseos de evitarla.
entonces el neovertedero nórdico permite la entrada de voluntarios religiosos que recolectan las latas que quedan. nada de tiendas, ni sacos de dormir, ni comida, ni ropa, ni colchones, ni medicamentos, ni cremas de protección solar, ni disfraces, ni materiales como madera, tela, metal, tubos recogen. sólo latas de cerveza vacías.


luego aparece algún recolector de ítems puntuales, lo que cabe en una bolsa o en un minicarro. y muchas gaviotas que hacen unas bellísimas coreografías sobre el campo buscando carroña. y luego los camiones, los tractores y las máquinas para trabajar una huerta de importantes proporciones. barren y muelen lo que queda hasta acumularlo en una montaña. y así sucesivamente durante tres meses hasta que en el campo no haya nada más que césped, ni una sola colilla de cigarro. hasta el año que viene.