liberar a la vieja culiá

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esto es para nosotras, para las que siempre fuimos nosotras y ahora, a veces, nos sentimos las otras. quiero escribir esto para organizar un poco cosas de borracha que le grité a alguien mientras sonaba un reggaeton demasiado fuerte porque no calculamos y al ponernos en primera fila nos tocó al lado del altavoz y no sé si me escuchó bien, no sé si me escuché bien, fuerte y claro.

para escucharme yo, por eso escribo, para no olvidar que es a mí a quien quiero decir esto.

anoche nos tocó a nosotras lo que supongo le solía tocar siempre a otras. ayer estábamos rodeadas de lo que identificamos como jóvenes, como “feministas jóvenes”, y eso pasó porque nosotras éramos excepcionalmente pocas o no conocíamos a tanta gente y así nos convertimos como por arte de magia o causalidad fortuita en “las otras”. Siempre es duro ser el otro, aunque la experiencia sea necesaria. un día la fiesta amanece llena de tullidos y te sientes demasiado capaz. un día la fiesta es de negras y te sientes toda blanca. un día la fiesta es de varones cis y te sientes la personificación de la exclusión, y con esa evocación circunstancial, el último reducto feminista del universo. ayer eran las “jóvenes” alrededor, podrían haber sido las bellas, las ricas, las blancas, las currantas…

siempre me ha llamado la atención lo fácil que es ser identificada como “feminista joven”. a veces siento que hasta que me llegue la menopausia seré leída en espacios feministas como “joven”. y claro, no es para menos, las formas de vida han cambiado, y hoy una sigue compartiendo piso, sin trabajo ni familia, una vive formándose y reformándose y prolongando el carácter adolescente ad infinitum. lo que antes era propio de la juventud ahora está dilatado, si antes la gente vivía hasta los 60, hoy lo puede hacer hasta los 100. hoy una “feminista joven” perfectamente puede tener 45 o 50 años, dependiendo de qué feministas se rodee y a pesar de la rigidez de los documentos, ser o nos ser “feminista joven” termina siendo algo muy contextual.

anoche en la fiesta la media de edad era como 23 años y nosotras como que automáticamente nos convertimos en el reducto anciano, ni tan diferentes ni tan viejas, pero con la inminente sensación de estar grandes. supongo que para cada una fue diferente, supongo que cada una se lo vivió como le salió o como pudo. “esta procesión debe ir por dentro” dije en un momento, y tampoco estaba muy segura de que tuviera que ser así, sólo quería que dejáramos de hacer alarde de nuestros años, de nuestro feminismo, de nuestro tiempo en común, porque al final me parecía que era solo la representación y garantía de nuestra propia incomodidad, de una incapacidad para ser la otra en ese momento.

a veces he oído a feministas hablar de “relevo generacional”, una idea que denota de alguna forma que el espacio ha de ser reemplazado por otro grupo más joven en su organización, como si los grupos fueran cosas tan cerradas, y como si asumiéramos que no nos mezclamos generacionalmente. a veces me he sentido infantilizada por feministas mayores que yo, y he sentido en esa demarcación los signos del desprecio hacia quien aparentemente todavía no hubiese entendido algo.

pero amigas, no podría haber relevo posible si no hubiese apropiación etarista en un espacio. esto del relevo no me gusta, es presuponer unas “responsables”, como si los grupos fueran claramente diferenciables, como si en el feminismo unas viniesen a reemplazar a otras, como si las cosas no se solaparan, mezclaran y contagiaran.

de todas formas tengo que ser honesta, algo incómodo se sentía ser mayor, un efecto asociado probablemente a la obsolescencia que la producción capitalista nos recuerda a diario, donde lo viejo ya no sirve y se desecha. o un efecto de qué se yo, de que en el fondo una es súper normativa y valora lo nuevo sin cuestionarlo demasiado. en cualquier caso la incomodidad estaba ahí, aunque fuera incluso divertida sentirla porque hacía cosquillas. y todavía más incómodo que sentirse vieja, mucho más, era la necesidad de remarcar la diferencia, de enfatizarnos como mayores y diferentes, como otra cosa. quizás ante nuestra autopercepción como viejas se hacía necesario contrarrestar el malestar y la crueldad del enunciado resignificándolo, como una especie de superioridad basada en los años. en un momento creo haber escuchado cosas que hacían entender que las feministas jóvenes eran una especie de subproducto nuestro. ¿en serio eso decíamos? ¿de verdad necesitamos comentarios así para poder bancarnos lo incómodo que resulta hacerse mayor?

amigas, tenemos que renunciar a la arrogancia del mayor, a la arrogancia del varón, a la arrogancia del patrón. no reproduzcamos esas jerarquías, al menos no en estos espacios. entiendo que ante la prepotencia de un machito pijo de 22 años una le diga “mira chaval, te falta un montón por conocer” y que la performance de la superioridad ahí sea más que nada un gesto de autodefensa, pero ante una feminista joven que se sube a un escenario con una guitarra a cantar sus canciones feministas, no hace falta.

escribo esto no porque esté liberada de esta máquina de jerarquías, sino porque soy parte de su producción y perpetuación. escribo esto como conjuro para ir horadando las bases de estas estructuras que nos atraviesan y que nos oprimen, porque creo que ante el desconcierto de ser “la mayor” (y a pesar de que es un hecho totalmente circunstancial porque vámonos a “la casa feminista” de la ciudad (para qué nombrarla si en todas partes hay un espacio así…) y seguiremos siendo “la joven” prácticamente hasta los 50 años) y ante la opresión que el capitalismo te impone por envejecer y por no corresponder a las lógicas de lo que una mujer en vías de ser cuarentona debería ser, una tiende a defenderse como puede, a fortalecerse en su malestar. pero creo que sería más transformador quedarse simplemente sintiendo los efectos del capitalismo productivista en nuestras subjetividades, verlos, verlos ahí tan esporádicos en medio de un “mundo ideal” como es la fiesta feminista, soplarles con suavidad y ternura, verlos desaparecer. o por último colectivizar el malestar de ese efecto, porque ni siquiera sentirse vieja es un problema personal.

amigas, colectivicemos todo eso y seamos parte de un espacio múltiple y diverso, sin culpa, sin frustración, y quizás entonces podrán venir las que son mucho más “otras” que nosotras sintiéndonos eventualmente otras, las que en una “redada política” no tendrían ningún carnet que sacar, las que se sienten mal por ser distintas a nosotras, las que hablan mal, las que no manejan el léxico, las que no salen porque no tienen ni para birras de un euro, las que no salen porque tienen hijos o muletas o gorduras o malestares tan contundentes como los que te dejan en casa, las que se ven en estos contextos tan distintas que no vienen porque ni siquiera pueden marcar esa diferencia que sienten inscrita en su piel. diferentes pero haciendo coreografías en las horizontales, bailar la geometría irregular de los muchos caminos cruzados, juntas en la maraña de la complejidad como un gesto de dispendio, de insolencia o sobre todo de inaguantable placer.

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